viernes, 22 de febrero de 2008

PASO a la Nueva Democracia propone:

Como organización política que agrupa dirigentes sociales, políticos y juveniles, PASO a la Nueva Democracia, respalda la Propuesta de Acuerdo Nacional La Alternativa para el Cambio, presentado públicamente el pasado 23 de enero, y compromete su contribución para que el mismo abra perspectivas de realización de las aspiraciones de reconciliación nacional y de elevación de la calidad de vida de las grandes mayorías.

En este sentido, creemos necesario que la formulación de propuestas y de acciones que surjan del seno de este Acuerdo, deben centrarse en una agenda popular que priorice la atención a los problemas sociales que sufre el país, y que este gobierno ha sido incapaz de solucionar en 9 años de gestión.

Problemas tales como, la inseguridad, la escasez de alimentos, el deterioro de la salud y la educación y servicios públicos, la vivienda, etc, deben ser atendidos levantando iniciativas de lucha popular y propuestas concretas y viables de solución.

Además, creemos que para lograr encausar exitosamente este Acuerdo, él debe trascender los espacios conocidos de la oposición, para que se convierta en esperanza y plataforma concreta para la mayoría de los venezolanos, donde cabemos todos sin ningún tipo de exclusión y los sectores populares descontentos encuentren una alternativa que no signifique ningún tipo de retorno al pasado y que propugna por el cambio centrado en la gente y sus necesidades, y no en un nuevo reparto burocrático del erario público.

Para que esto sea viable, es fundamental entonces que el liderazgo alternativo cuente mayoritariamente con caras jóvenes que renueven la política nacional. De allí que en las venideras elecciones regionales y locales, además de la unidad y un programa basado en una agenda popular, se requiere una gran apertura de espacios para nuevos liderazgos que vengan a encarnar la construcción de una nueva mayoría para el cambio.

Los jóvenes deben retomar el ímpetu de lucha que han levantado en los últimos tiempos, luego de la victoria alcanzada contra la propuesta de reforma, manteniéndose en el espacio de la movilización al lado de los anhelos populares, contra la inseguridad y la escasez de alimentos, por mejores servicios de salud y educación, y ahora por mejores gobiernos regionales y municipales.

Los jóvenes que participan en PASO a la Nueva Democracia, prestarán su mejor contribución es estos esfuerzos unitarios y de lucha, que significarán la asunción de los retos que se nos plantean este año.
Febrero 2008

¡Venezuela necesita una oposición de izquierda!

POR UNA REVOLUCIÓN DE VERDAD
EN DEMOCRACIA Y LIBERTAD


Activar y desarrollar la
Corriente por la Revolución Democrática
como camino y opción para organizar y movilizar a los sectores populares para que (junto a otros sectores sociales ya movilizados) sea posible la construcción de una nueva mayoría electoral, social, cultural y política capaz de desalojar del poder a la corrupta autocracia militarista y a su política anti-popular.


Propuesta de
Paso a la Nueva Democracia
a los dirigentes de base del chavismo descontento con la corrupción y la ineficacia de los burócratas del Gobierno, a los luchadores sociales independientes, a los activistas de la sociedad civil y a los simpatizantes, militantes y dirigentes de las organizaciones de izquierda, socialistas y progresistas de todo el país.





Caracas, enero de 2007


1) Las nuevas cúpulas podridas tras los resultados electorales del 3-D 2006: Éxito electoral y traspié estratégico.

Los resultados de los comicios del pasado 3 de diciembre del 2006 constituyen sin duda alguna un muy importante éxito electoral para el candidato de la cúpula burocrático-militar. Efectivamente, haber obtenido el voto mayoritario por cuarta vez consecutiva (1998, 2000, 2004 y 2006), ser el primer presidente reelecto en la historia moderna de la democracia venezolana y haber obtenido esa reelección con la más alta votación alcanzada por candidato alguno en la historia electoral de nuestro país, son logros que podrán ser relativizados pero no eclipsados por apelaciones como las referidas al ventajismo, las irregularidades en la cedulación, el amedrentamiento masivo a empleados públicos o el uso proselitista de los programas sociales del Estado. Pese a esas y otras máculas, Chávez emerge del proceso electoral del 3-D ampliamente ratificado en su condición de dirigente popular muy importante y tremendamente influyente. Obviamente, cuando reconocemos en Chávez su condición de “dirigente popular” no estamos asumiendo que la suya sea una política popular, en el sentido de que responda a los intereses del pueblo. En realidad, Chávez es un “dirigente popular” en el mismo sentido en que lo fue el asturiano José Tomás Boves en la guerra de independencia, pues -a pesar de que su política es profundamente anti-popular y anti-nacional- es seguido por un muy importante sector del pueblo.

Es paradójico que aun siendo muy grandes las dimensiones de este éxito electoral del oficialismo, estas implican para ese sector sin embargo un traspié estratégico no en tanto que proyecto político-electoral (la cual es apenas una de sus dimensiones como fenómeno político, y no la más importante, por cierto...), sino para la autocracia burocrático-militar como proyecto hegemónico, de control total del Estado y la sociedad venezolana. Y allí si está el centro del asunto.

En efecto, el temprano reclamo de Chávez solicitando de sus partidarios la consecución de “10 millones de votos por el buche” era mucho más que una fanfarronada propagandística, o parte de una mera operación de “guerra sicológica”. Para Chávez era muy importante aprovechar los comicios del 2006 para solventar a su favor un problema aun no resuelto en el proceso político y social que vive Venezuela desde principios de los 90: el problema de la hegemonía. Chávez y su cúpula burocrático-militar saben que desde el punto de vista electoral, social y cultural, el oficialismo hasta ahora sólo ha sido la primera minoría. Las elecciones del 2006 eran una oportunidad de oro para pasar a convertirse por fin en un régimen que pudiera legítimamente reclamarse mayoritario: compitiendo electoralmente con la oposición más débil que han enfrentado desde 1998 (minada en su base social por la desmoralización y el abstencionismo, sin partidos fuertes en que apalancarse y con un candidato que tenía que empezar por hacerse conocer más allá de los límites de su estado), la burocracia chavista se dispuso a aplastar en la contienda electoral usando para ello todos los mecanismos de poder del Estado, desde los dineros del erario público hasta las instituciones mismas (“PDVSA es roja, rojita”... “las FAN son rojas, rojitas”, etc.), en su afán de alcanzar y poder usar políticamente después una condición claramente mayoritaria. Pero no lo logró.

Efectivamente, los 7,3 millones de votos que los resultados del CNE otorgan al candidato Chávez representan el 60 % de los votos válidos escrutados... pero sólo el 46 % del total de ciudadanos con derecho a voto. De acuerdo a las cifras del organismo comicial, 46 % de las personas que sufragaron lo hicieron por Chávez, 29 % lo hizo por el candidato de la oposición y el 25 % se abstuvo. Una vez más, la autocracia burocrático-militar sigue representando sólo la primera minoría. La más grande, preciso es reconocerlo. Además es la más compacta en torno a un líder, a unas consignas y a un “imaginario”, y también la más dinámica en virtud de los recursos de poder a los que tiene acceso. Pero sólo es eso: la primera minoría, y eso sigue siendo una limitación muy importante para la nuevas “cúpulas podridas” a la hora de “vender” como “inevitable” su pretensión hegemónica no solo en los sectores populares, sino también en ámbitos como el económico y el militar, espacios en los que se analiza minuciosamente este hecho que el 3-D dejó al descubierto: a pesar de haber competido en las mejores condiciones, usando al máximo todos los recursos del Estado frente al adversario electoral más débil que ha confrontado en los últimos años, el candidato Chávez fue incapaz de obtener el voto de al menos la mitad de los venezolanos.

Es por eso que para la autocracia burocrático-militar, el 3-D significó al mismo tiempo un éxito electoral y un traspié estratégico.

2) La oposición democrática tras los resultados electorales del 3-D 2006:
derrota electoral, éxito político y posibles escenarios futuros.

Desde el punto de vista estrictamente electoral, los resultados de la jornada del 3-D implican para la oposición venezolana una clara derrota electoral, con matices pero sin atenuantes. Los “matices” obviamente están referidos a las circunstancias institucionales y políticas que enmarcaron el acto electoral, y que configuraron un cuadro de grosero ventajismo a favor del candidato oficialista, desde los vicios en el proceso de cedulación hasta el uso desenfrenado de bienes y recursos públicos en la campaña chavista. Sin embargo, estos datos sobre la grotesca asimetría que enmarcó la competencia electoral no puede llevar a desconocer un hecho clave: Chávez obtuvo una sólida mayoría, y eso lo sabemos precisamente porque, en los meses previos al acto comicial, la oposición democrática tuvo éxito allí donde había fracasado el radicalismo opositor vocinglero: en el logro de “condiciones electorales” que garantizaran un nivel razonable de transparencia en el acto electoral.

Por eso es que la derrota, aunque posee “matices”, no tiene atenuantes: al haber logrado que los miembros de mesa fueran seleccionados por sorteo (lo que colocó al chavismo en minoría en esta crucial instancia del sistema comicial), al conseguir colocar testigos en todas las mesas sin que el problema de la “acreditación” pudiera obstaculizar su acceso, y tras lograr la auditoria manual del 54 % de las mesas electorales en el 100 % de los centros de votación (una “mega-muestra” inmensa, equivalente en la práctica a un doble conteo), la oposición se encontraba en condiciones de poder advertir, denunciar y confrontar un fraude si este se producía en la mesas de votación o en el escrutinio. Tal fraude en el acto electoral no se produjo, y el candidato opositor hizo exactamente lo que tenía que hacer: reconocer el resultado, y señalar un nuevo horizonte de lucha.

Ahora bien: Si como en el caso de la autocracia burocrático-militar el éxito electoral logrado no alcanza para disimular el traspié sufrido en su proyecto hegemónico, en el caso de la oposición democrática venezolana ocurre exactamente lo contrario: pese a los dicterios y “análisis” sesgados formulados tanto por el oficialismo como por la ultraderecha y el supuesto radicalismo, la derrota electoral sufrida en el 2006 no es suficiente para ocultar el importante éxito político que para la oposición democrática significa haber obtenido casi el 40% de los sufragios válidos escrutados, que equivale al respaldo de casi el 30 % de los venezolanos con derecho a voto. Haber logrado ese resultado pese a haber competido en las peores condiciones, con una base social descreída, desmoralizada y minada por el abstencionismo, con los partidos políticos reducidos a la condición de franquicias simbólicas (de las dos principales organizaciones opositoras, Un Nuevo Tiempo es apenas un proyecto, y Primero Justicia esta amargamente dividida). A pesar, repetimos, de estar compitiendo en condiciones de extrema minusvalía, la oposición democrática logró mantener un porcentaje similar al obtenido en los años 1998, 2000, 2002 y 2004, y ese logro fue conseguido además con una dirección política distinta y distante de aquella que –secuestrada por los poderes fácticos- condujo al movimiento opositor a terribles y costosos errores en los últimos ocho años, lo que convierte a ese resultado en lo que el candidato opositor definió acertadamente como “un éxito político en el marco de un revés electoral”.

Pero no basta con acuñar una frase feliz para caracterizar adecuadamente el significado que para el campo democrático tiene el resultado del 3-D del 2006. Es necesario además analizar tal resultado en perspectiva histórica, al menos del pasado reciente, para poder construir una prospectiva atinada y útil. El resultado obtenido el 3-D (y de manera muy importante, la manera como fue asumido por el candidato opositor y por la dirección de la oposición democrática) tienen un mérito muy importante: gracias a haberlo obtenido, y gracias a haberlo asumido, el campo democrático tiene aun la posibilidad de construir escenarios de futuro, y de luchar por alcanzarlos. Si la conducta opositora hubiese sido otra, si hubiera prevalecido la tesis de la abstención, o si se hubiese producido un retiro a mitad de camino, o si no se hubiese reconocido el resultado electoral, el destino más probable de la oposición hubiese sido, llana y sencillamente, la extinción.

3) Si queremos resultados distintos, hay que luchar de manera distinta:
por un nuevo mapa estratégico del campo democrático para superar el
“40 % histórico”.

En efecto, al ver los resultados electorales obtenidos por las fuerzas del campo no chavista en los años 1998, 2000, 2004 y 2006, salta a la vista que en esas cuatro citas electorales el caudal de votos enfrentados al oficialismo ha estado rondando el 40 % de los sufragios válidos escrutados. También es notorio que tal votación se encuentra concentrada en el mapa urbano del país, en las ciudades medianas y grandes, y concretamente en aquellos espacios de esas ciudades con mejor acceso a los centros de servicio y empleo, que no por casualidad son los espacios habitados por los sectores medios de la población.

Una constatación luce evidente: Desde el 2000 y al menos hasta el presente, la clase media venezolana ha sido reticente a la oferta cultural y política del chavismo. Ese es un dato positivo, porque ha significado hasta ahora un piso social importante para el esfuerzo político de impedir la entronización de una hegemonía autoritaria. Pero al mismo tiempo es importante también destacar que este dato de la realidad implica simultáneamente una limitación, pues simétricamente demuestra que amplios sectores de la población no han sido cautivables por la propuesta opositora, independientemente de los excesos, fracasos, desmanes, ineficiencias y corruptelas que sean cometidas por el oficialismo.

Muchas veces se ha pretendido explicar esa realidad como simple resultado de la potencia clientelar de un gobierno munificente, cuya capacidad de maniobra se debe exclusivamente a la amplia disponibilidad actual de la chequera petrolera. Quienes hacemos activismo social en los sectores populares sabemos que esa es sólo parte de la explicación, y quizá no sea siquiera la parte más importante: la ineficiencia gobiernera es tanta y tan aguda, que son ineficientes incluso para hacer populismo clientelar. Uno de sus programas bandera, por ejemplo, la Misión Barrio Adentro, se ufana de tener activos 2.200 módulos en todo el país. Sólo el Municipio Sucre del Estado Miranda tiene más de 1.970 barrios, es decir, que si fuera verdad lo que dice el gobierno en relación al número de módulos activos, estos no alcanzarían ni siquiera para tener un módulo por barrio en Caracas. Sin embargo, el impacto social y de opinión de Barrio Adentro trasciende en mucho su cobertura efectiva. Es un impacto que va más allá de un mero fenómeno de expectativa (“hoy existe allá, mañana existirá aquí...”). En realidad, es un impacto político, cultural, simbólico. La Misión Barrio Adentro, independientemente de su modestísima cobertura y de las precariedades de la atención que realmente presta, es el símbolo del éxito de una política hecha desde y para el imaginario popular. Y ese es, justamente, el quid del asunto.

El mapa presente de la oposición es, a no dudarlo, infinitamente superior desde el punto de vista cualitativo al que podíamos revisar hace apenas seis meses. Esta oposición dirigida por Rosales, Borges y Petkoff es muchísimo mejor (más útil al país, más capaz de enfrentar a la autocracia corrupta y militarista) que aquella dirigida por Ramos Allup, Ledezma y Alvarez Paz. Pero incluso esta oposición surgida a raíz de las luchas libradas en los últimos meses del 2006 sigue siendo una oposición que opera desde las coordenadas culturales de la clase media, y desde las coordenadas políticas de la centro-derecha.

Y esos son hechos, no discursos. Ciertamente, es posible que la oferta electoral de Rosales en la campaña, así como el trabajo político realizado fundamentalmente por Primero Justicia en Petare y en otros sitios del interior del país, haya hecho posible que en 2006 el 40 % opositor haya tenido un componente un tanto mayor de votantes de los sectores populares. Pero desde el punto de vista cuantitativo (tal como lo revela el estudio realizado por el economista Ricardo Villasmil, profesor de la UCAB y ex coordinador del Programa de Gobierno de Manuel Rosales) el grueso del voto opositor se concentró nuevamente en los espacios de la clase media urbana.
Y eso determina a su vez una realidad desde el punto de vista cualitativo: a pesar de que Rosales se haya definido una y otra vez como un “social demócrata de avanzada”, a pesar de haber postulado (haciendo uso quizá inconsciente de nuestro nombre) la necesidad de una “nueva democracia social”, a pesar de haber dicho que “ni volverán ni repetirán” al referirse a la cultura política de las llamadas Cuarta y Quinta República, a pesar, en síntesis, de la influencia positiva que en su entorno puedan ejercer personajes como Petkoff y otros, sin embargo cada vez que a lo largo de la campaña Rosales se vio obligado por las encuestas a buscar la compactación del voto a su favor volvió a utilizar la única retórica capaz de causar ese efecto en la clase media conservadora: la retórica anti-comunista.

Tomando prestada del adversario el lenguaje y las metáforas belicistas, debemos advertir que mantener el presente mapa opositor no augura en lo más mínimo una supuesta “estabilización” de las actuales “trincheras”: Esta no es una “guerra de posiciones”, sino una “guerra de movimientos”. En efecto, los datos (¡siempre los tercos datos!) y la dinámica social y política revelan que -de mantenerse el esfuerzo opositor en sus actuales coordenadas sociales y políticas- su porvenir más probable no es el estancamiento, sino la disminución quizá lenta, pero inexorable: por un lado, ante la perspectiva de una estabilización a largo plazo del poder político autoritario, sectores de la clase media tradicional se verán tentados al exilio, o a establecer (como han venido haciendo algunos) un modus vivendi en el que la realización de negocios con el gobierno se ve acompañado con el abstencionismo electoral, justificado farisaicamente con las deficiencias, reales o supuestas, de la oposición política. Por otro, esta el hecho igualmente cierto de que se esta conformando una suerte de “nueva clase media emergente” integrada por funcionarios con sueldos millonarios, contratistas, testaferros, colocadores de dinero, comisionistas y demás, que está empezando a fijar residencia en las urbanizaciones de clase media y alta, adquiriendo los hábitos y patrones de consumo congruentes con su nuevo estatus social... y haciendo variar progresivamente la inclinación de la población electoral en esas circunscripciones.

Quizá ambas dinámicas puedan explicar eficientemente el hecho de que en Chacao la oposición alcanzó el 80,02 % de los votos válidos escrutados en el referendo del 2004, mientras en las elecciones del 2006 bajó a un 76,44 %; En el municipio Baruta se descendió del 79,38 % en 2004 al 75,55 % en el 2006; en el municipio El Hatillo se bajó en ese período del 82, 06 % al 79,52 %. Los números del chavismo no dejan lugar a dudas en relación a donde fueron a parar esos votos: en Chacao, en 2004 el “No” representó 19,98 % del total de votos validos escrutados, y en 2006 la votación de Chávez creció al 23,37 %; en Baruta esa variación fue del 20,61 % en 2004 al 24,25 % en 2006; en El Hatillo el crecimiento relativo del chavismo entre una elección y otra fue del 17,93 % en 2004 al 20,35 % en 2006. Quizá estos porcentajes puedan parecer insignificantes para una mirada superficial, pero para un observador atento son reveladores de una tendencia clara: incluso en los espacios donde hay una claro predominio de la clase media, la tendencia de la oposición convencional es a la progresiva disminución de su electorado, en virtud de las dinámicas socio-políticas arriba descritas.

Si esto ocurre en los sectores de clase media, más dramático aun es lo que se evidencia cuando evaluamos los efectos que tiene en los sectores populares el discurso y la acción de una oposición dirigida desde el imaginario de la clase media, y ubicada políticamente en un discurso de centro derecha. En efecto, al analizar los resultados electorales de Caracas, específicamente del Municipio Libertador, el calificativo exacto para describirlos desde el punto de vista opositor es “derrota doble”, porque no sólo se perdió ante Chávez, sino incluso se retrocedió en comparación con los resultados obtenidos en agosto del 2004.

En primer lugar, para apreciar con nitidez los alcances de la debacle electoral opositora en Caracas en 2006 es necesario ubicar el contexto: el 3-D del pasado año la oposición sacó menos votos que el Sí en el Referendo Revocatorio del 2004 en sólo 10 entidades de todo el país. Nueve de esos estados fueron entidades electoralmente muy pequeñas y con una superficie urbana muy reducida, como Amazonas, Cojedes, Nueva Esparta, Vargas o Yaracuy, o fueron estados en los que el chavismo tiene gobernadores particularmente agresivos, como Sucre, Portuguesa, Monagas y Falcón. Pero la única entidad donde la oposición sacó en 2006 menos votos que en 2004, a pesar de ser un centro urbano muy importante y de tener gobernantes chavistas muy desprestigiados, fue precisamente Caracas, específicamente el Municipio Libertador.

En efecto, mientras que –fieles a la matriz de que el voto opositor fue mayoritario en los grandes centros urbanos- se obtuvieron votaciones muy importantes y aun victoriosas en Valencia, Maracaibo, Mérida y San Cristóbal, entre otras grandes ciudades, en Caracas se retrocedió ostensiblemente: en el año 2004 la oposición ganó en ocho parroquias, número que en el año 2006 se redujo a seis, al perder en Altagracia y San José; en el año 2004 la oposición sacó en el Municipio Libertador 405.360 votos, para un 43,95 % del total de votos válidos escrutados, mientras que en el 2006 la oposición sólo logró 387.194 sufragios, para un 36,91 %. Incluso, en cinco de las seis únicas parroquias en que la oposición ganó al chavismo en las elecciones del 2006 (Candelaria, El Paraíso, San Bernardino, San Pedro y Santa Teresa) se produjeron retrocesos absolutos y relativos en comparación con los resultados opositores de 2004.

En cambio, en aquellos sitios de Caracas donde ganó el chavismo en el 2006 (16 de 22 parroquias, incluyendo las de más población electoral y de mayor componente popular) los incrementos en la votación oficialista fueron contundentes: en el 23 de Enero, donde en 2004 el No sacó 30.193 votos para un 68,92 % del total, en 2006 Chávez obtuvo 37.959 sufragios, para 75,57 %; En Catia (Parroquia Sucre), donde en 2004 el No obtuvo 109.311 votos para un 67,78 % del total, en el 2006 Chávez cosechó 142.760 sufragios, para un 74,25 % de los votos validos escrutados; en El Valle, donde en 2004 el No obtuvo 43.345 votos para un 64,22 % del total, en el 2006 Chávez alcanzó 52.358 sufragios, para un 69,69 % del total de votos válidos escrutados.

Seguramente, tales resultados tienen varios tipos de explicaciones, pero una categoría muy importante son las explicaciones de naturaleza política. En efecto, la campaña de Rosales en Caracas no tuvo menos recursos que la campaña opositora en Apure, por ejemplo (estado donde la oposición si sacó en el 2006 más votos que el 2004); Seguramente la campaña opositora en Caracas no tuvo menos apoyo de los medios de comunicación social que la campaña de Rosales en Lara, otra entidad en la que el voto opositor del 2006 superó ampliamente al Si en el 2004; con certeza se puede afirmar que los activistas de la campaña de Rosales en Caracas no se esforzaron menos que los militantes de la oposición en Bolívar, donde también el voto opositor en el 2006 fue mucho más numeroso que el 2004.

La explicación no única, pero si sustantiva, hay que buscarla entonces en consideraciones de orden político: siendo el Municipio Libertador del Distrito Capital un ámbito territorial con una gran cantidad de parroquias en las que es ampliamente mayoritario el componente popular, realizar una campaña electoral con una dirección caracterizada por una práctica, un discurso y unas percepciones de lo popular construidas desde y para la clase media, solo podía conducir a la derrota que finalmente se produjo.

4) Enriquecer el mapa estratégico del campo democrático construyendo e impulsando un actor capaz de luchar desde las coordenadas sociales de lo popular y desde las coordenadas políticas de la izquierda.

El caso de Caracas expresa con nitidez y contundencia el reto que enfrenta el campo democrático a nivel nacional: Los niveles de pobreza y exclusión social y económica que dejaron como herencia los gobiernos anteriores a 1998 se han visto mantenidos y aun agudizados por la política económica y hasta por la política social de la presente autocracia burocrático-militarista. En efecto, la actual política económica (al desalentar la inversión privada y ser tremendamente ineficiente e improductivo en el gasto público) ha destruido empleo de calidad y no ha generado nuevas fuentes de trabajo, manteniendo y profundizando un elemento clave generador de pobreza, mientras que por otro lado las políticas sociales, emblematizadas en la misiones, están orientadas no a la superación de la pobreza sino al establecimiento de un modus vivendi en la pobreza, que busca hacerla soportable mediante una mezcla de pequeñas gratificaciones materiales (las llamadas “burusas” clientelares) y amplias gratificaciones simbólicas (la retórica inclusiva y el discurso orientado a catalogar la pobreza como una suerte de virtud teologal o ideológica, y no como lo que es: un estado de carencia).

Quizá la mejor explicación de esta situación es posible hacerla recurriendo nuevamente al nombre del mismo programa bandera citado anteriormente, la Misión Barrio Adentro: como tal denominación revela, el objetivo de las políticas económicas y sociales de la autocracia no ha sido nunca “sacar” el barrio “afuera”, es decir, integrarlo al espacio urbano, conectarlo a los centros de servicio y empleo, homologando las condiciones de vida de quienes allí habitan con las condiciones de vida de los habitantes de los espacios formales de la ciudad. No. Como en el pasado, cuando gobiernos adecos y copeyanos asumian como una “fatalidad”, casi como una “calamidad natural” la existencia de amplios bolsones de miseria en nuestra sociedad para poder manipularlos como clientelas electorales de sus respetivas maquinarias, también en la actualidad el objetivo de las políticas económicas y sociales del Estado no es vencer la pobreza, sino mantenerla como necesario ecosistema generador de la clientela electoral y política ya no de una maquinaria electoral, sino de un líder autoritario. Es esta, además de la corrupción y la ineficacia, una de las causas más importante de porque nuestro país, a pesar de haber dispuesto (y ejecutado) en los últimos ocho años más dinero que todos los gobiernos juntos de las pasados cuatro décadas, sin embargo no ha sido capaz de obtener resultados sensibles en la superación de la pobreza.

Esta constatación en lo económico y social tiene una consecuencia muy clara y directa en lo político: aunque Venezuela mantenga e incluso eventualmente logre mejorar sus ingresos por concepto de hidrocarburos, no parece probable que la pobreza en nuestro país disminuya, porque ese no es un objetivo ni mucho menos para una cúpula burocrático-militar que tiene un proyecto autoritario para esta sociedad, y una de las precondiciones del éxito de ese proyecto es precisamente que esta sociedad se achate, se empobrezca, para que sea así más dócil y maleable.

Dicho en otras palabras, en nuestro país la mayoría de la población vive en situación de pobreza, y eso va a seguir siendo así, independientemente de que variables como por ejemplo el consumo pueda fluctuar positivamente en algunos períodos y sectores. En virtud de la dinámica social y política denunciada, es pertinente esperar que la pobreza estructural en Venezuela tienda a mantenerse e incluso a ampliarse. En ese contexto, es de vital importante para el campo democrático la construcción de un instrumento de organización, movilización y educación del pueblo, que sea capaz de pensar su accionar político desde y para el imaginario popular, que elabore sus percepciones de (y sus propuestas para) lo popular no desde el prejuicio o los preconceptos de la clase media, sino desde el conocimiento natural y profundo de los códigos de lo popular, de sus realidades y aspiraciones. Ese instrumento no existe. Hay que construirlo.

Y ese instrumento a construir debe tener una ubicación política clara, rotunda, desafiante incluso: debe ser un instrumento de izquierda, de izquierda realmente revolucionaria, de izquierda socialista. Y no debe rehuir los debates que tal condición implica.

En efecto, esa definición política debe producirse no sólo en virtud de la tendencias y tradiciones políticas y organizativas de las personas que nos sentimos convocadas a la construcción de ese instrumente de lucha social y combate político, cuya necesidad postulamos. Además de ese dato subjetivo (fundamental para la autenticidad y alcance del esfuerzo que nos planteamos) está también un dato objetivo, igualmente importante: La potencialidad de éxito de un proyecto político en una sociedad esta en proporción directa a su capacidad de contactar, seducir, organizar y movilizar al centro político de esa sociedad. Y ese “centro político” no es una categoría geográfica, es decir, no es un improbable punto medio entre izquierda y derecha, no. El centro político es una categoría social y, valga la redundancia, política. El centro político es el espacio político-ideológico-cultural-simbólico donde se ubica la mayoría de un país. En Venezuela desde los años 40 del siglo XX el “centro político” estuvo inclinado hacia la centro-izquierda, por el peso que en la Venezuela de ese entonces tenía una organización como el PCV y sobre todo por la gravitación alcanzada por la Acción Democrática de aquellos tiempos. Durante casi todo el resto del siglo pasado el centro político de la sociedad venezolana siguió escorando hacia ese mismo derrotero centro-izquierdista. Ocioso es señalar que desde finales del siglo anterior hasta la actualidad la inclinación del centro político hacia la izquierda se ha acentuado, en virtud del impacto de la retórica chavista en las mayorías populares venezolanas.

Siendo esto así, quienes creemos en la necesidad de una auténtica revolución democrática en Venezuela, quienes consideramos que el verdadero socialismo es mucho más que capitalismo de Estado, quienes estamos persuadidos de que la moral y la conducta de un verdadero revolucionario son incompatibles con el culto a la personalidad y con la compulsión militarista, quienes nos hemos levantado como luchadores sociales y como combatientes políticos en la certeza de que la construcción del socialismo es indivisible de la lucha por la libertad y la democracia, tenemos que asumir una deuda inmensa que hemos contraido con nuestro pueblo a lo largo de los años que lleva en el poder la autocracia burocrático- militarista: tenemos que reconocer que aun “con el pañuelo en la nariz”, secundamos, suscribimos o participamos de los errores de una dirección opositora distinta y distante del pueblo del que venimos y por el que luchamos. Por ser disciplinados, por creer en la unidad, por no abrir fisuras en el frente de lucha contra la autocracia, durante los pasados años participamos de un bloque cuya composición no privilegiaba lo popular, y cuya orientación política era claramente derechista, conservadora. Nosotros, que luchamos contra la autocracia burocrático-militarista porque no ha hecho los cambios sociales y políticos que el pueblo necesita y reclama, permitimos que durante mucho tiempo nos dirigieran sectores y grupos que se enfrentan a la autocracia porque rechazan cualquier cambio, incluso aquellos evidentemente positivos y necesarios. Esta autocrítica es necesario formularla, explícitamente y sin dobleces. Así lo hacemos.

Pero no basta con “reconocer” la deuda: lo importante es que hay que pagarla. Por eso estamos decididos a iniciar un camino duro, difícil, pero necesario y pertinente: vamos a construir (necesariamente junto a muchos otros) ese instrumento popular y de izquierda, con la intención de llegar a ese pueblo que –aunque aun apoya al líder carismático de esta falsa “revolución”- ya ha empezado a rebelarse contra la ineficacia y la corrupción de las nuevas cúpulas podridas, ese mismo pueblo que no ha podido ser alcanzado y mucho menos convencido por los sectores que aun hoy son mayoría en la dirección de la oposición.


5) La Corriente por la Revolución Democrática: ni competimos con la oposición, ni nos obsesionamos con el chavismo...¡apostamos por el pueblo!

Construir ese instrumento necesario no será producto de la decisión de un grupo, por esforzado. En realidad, forjar una organización capaz de disputarle los corazones y las mentes del pueblo venezolano a una autocracia burocrático-militar que ha concentrado tanto poder económico e institucional solo es posible promoviendo la más amplia concertación de quienes creamos en la necesidad de realizar en Venezuela una revolución democrática para construir en nuestra patria una sociedad verdaderamente socialista, es decir, una sociedad con igualdad en democracia y libertad.

Por eso tenemos por delante una tarea fundamental: promover y desarrollar una Corriente por la Revolución Democrática, una plataforma de la que puedan participar individuos, dirigentes comunitarios, luchadores sociales y combatientes políticos, sin tener que renunciar por ello a las organizaciones, partidos u ONG´s a las que pertenezcan originalmente, pero que quieran encontrarse con otras personas y grupos que, como ellos, estén convencidos de la necesidad de luchar con y por el pueblo, desde posiciones de izquierda socialista y democrática, contra la autocracia burocrático-militarista, cada vez y en cada escenario en que esa autocracia atente contra los derechos e intereses de los sectores populares.

Al respecto es importante puntualizar que la Corriente por la Revolución Democrática no nace para competir, sustituir o enfrentar al sector que el país hoy percibe como “la oposición” (mucho menos ahora, cuando ese sector cuenta con una dirección que nos parece un avance cualitativo sustancial en relación al pasado reciente). Con ese sector cooperaremos en lo que estemos de acuerdo y nos parezca relevante, y en lo que no sea así sencillamente “no nos engancharemos” en debates estériles, porque en fin de cuentas cada quien es responsable de lo que hace, y nosotros –como demócratas de izquierda, como socialistas que creemos en la democracia y la libertad- hemos recuperado autonomía en la definición de nuestra estrategia y nuestra táctica. A esa oposición le deseamos la mejor de las suertes, y le reiteramos nuestra vocación de encuentro, como estamos dispuestos a encontrarnos con todo el pueblo venezolano. Pero lo que si debe quedar absolutamente claro es que frente a la extrema derecha seremos implacables; frente al golpismo de derecha, frente a los nostálgicos ansiosos de la “restauración”, frente a los que quieren salir de la presente autocracia no para construir un mejor futuro sino para regresar a lo peor del pasado, ante esos sectores estaremos siempre en la acera de enfrente, combatiéndolos y refutándolos, porque precisamente esos individuos y grupos son los que brindan a la autocracia burocrático-militarista la coartada perfecta para justificar sus desmanes.

También es fundamental precisar que la Corriente por la Revolución Democrática no nace obsesionada por el chavismo o el antichavismo. Chávez no nos divide la historia. Nosotros nos definimos ante el país, ante el pueblo, ante lo que queremos para nuestra patria, no ante lo que Chávez haga o deje de hacer. En consecuencia, no son aceptables por nosotros como definitorias las etiquetas de “chavista” o “antichavista”. Para nosotros, Chávez es el presidente de todos los venezolanos (por lo que le reclamamos que se conduzca como tal), y es un dirigente popular al que reconocemos algunos logros (como por ejemplo haber colocado a los pobres, aunque sea retóricamente, en el centro del debate político, y haber ubicado a lo social como referente importante en el discurso oficial), y con el que tenemos también muy importantes diferencias (como las referidas a la ineficacia y corrupción de su gobierno, y sobre todo las referidas al carácter autoritario y antidemocrático de su proyecto político).

Pero también tenemos un elemento adicional de conexión, que puede generar el que confrontemos o dialoguemos con Chávez como gobernante y como dirigente popular: el pueblo que es atropellado cotidianamente por los burócratas que él designa y protege, es el mismo pueblo por el que nosotros luchamos, al que nosotros amamos y del que nosotros formamos parte. Esa realidad plantea la existencia de un área clara de tensión: si frente a la protesta popular Chávez se ubica con los burócratas y contra el pueblo, entonces nosotros estaremos con el pueblo y contra Chávez y sus burócratas; pero si ocurriera algo que a muchos nos parece improbable (porque ineficacia y corrupción son elementos consustanciales del modelo oficialista de ejercicio del poder), si Chávez eventualmente “se cuadrara” con el pueblo y arremetiera contra sus corruptos e incapaces, entonces le exigiremos que tal “arremetida” no sólo sea verbal, sino que sea en la práctica: que los ineficaces no sólo sean “regañados”, sino que sean destituidos; que los corruptos no sólo sean destituidos, sino que sean enjuiciados y encarcelados. Si frente a esas demandas las respuestas del Presidente siguen siendo puro discurso, no nos quedará otro camino que seguir enfrentando a su gobierno y a él como responsable fundamental de lo que el gobierno hace y deja de hacer.

Así de simple. No somos nosotros, entonces, ni es nadie en el pueblo quien tiene que definirse como “chavista” o “antichavista”. Es Chávez, como presidente de la república y como dirigente popular quien tiene que definirse frente a la vida, no con discursos sino con hechos: o esta con los ladrones, con los corruptos, con los ineficaces, con los soberbios que pululan en su entorno y minan desde hace ocho años ya su gobierno, o esta con el pueblo. Que se defina, cotidianamente y con hechos. Nosotros estamos definidos con el pueblo, desde que nacimos.

6) Venezuela necesita una oposición de izquierda.. para hacer la diferencia!

Electoralmente hablando, la autocracia burocrático-militarista toco techo el 3-D. Compitiendo en las mejores condiciones, y frente a un adversario obviamente debilitado, no fue capaz de obtener un respaldo mayoritario. Sigue siendo sólo la primera minoría. El problema de la hegemonía en el proceso socio-político que vive el país sigue aun pendiente de resolución. Por eso, la autocracia intenta tomar ventaja de su éxito electoral para solventar su traspié estratégico. En base a ello, disfraza de jugadas ofensivas, de movimientos de supuesta “radicalización del proceso”, lo que en realidad es el reconocimiento de una clara situación de debilidad.

En efecto, el cambio de ministros –por ejemplo- no persigue “radicalizar la revolución”; en realidad, es apenas el reconocimiento de que el gabinete anterior fue sacado a palos por la realidad, y es al mismo tiempo una maniobra de presión y castigo para el PPT y Podemos, remolones ante la “orden” de fundirse en el PSUV.

La creación del PSUV, por cierto, tampoco es una jugada de radicalización “ofensiva”. En realidad, es un movimiento desesperado ante las dinámicas de fractura que operan dentro del oficialismo. El enfrentamiento de grupos de interés dentro del gobierno central, y la agria disputa que existe en el oficialismo en prácticamente todos los estados del país, obliga al autócrata a realizar una maniobra que no resuelve la crisis interna, pero espera que la posponga. Como en el caso del “nuevo gabinete” (que, con contadas excepciones, es hombre a hombre peor que el anterior...), la creación del PSUV como forma de conjurar la guerra interna por el botín de lo público es “pan para hoy y hambre para mañana”: la crisis que ha sido pospuesta luego estallará con mucha más fuerza, porque son muchos más lo que ahora querrán participar en el reparto y –en consecuencia- serán también muchos más los agraviados que se enfrentarán en burocráticos “ajustes de cuentas”...

Finalmente, la quincalla verbal referida a la reforma constitucional y a la “nueva geometría político-territorial” tampoco es una jugada ofensiva de “radicalización”, sino una operación defensiva ante en una realidad evidente: así como el 4-D del 2005 la base social del gobierno no se sintió convocada a las urnas para defender y apuntalar a unos diputados oficialistas que no expresan al pueblo, lo más probable en que en dentro de 12 meses, en el 2008, los gobernadores y alcaldes del régimen se vean nuevamente huérfanos de respaldo popular, o peor aun: se vean enfrentados a una masiva operación popular de voto-castigo, de cobro electoral. La autocracia burocrático-militaristas sabe que si en 2006 la oposición fue capaz, en su peor desempeño, de sacar casi el 40 % aun enfrentando al mejor candidato del gobierno, lo peor que le podría ocurrir a ese sector en el 2008 es que (enfrentando además a candidatos oficialistas que no tienen ni de lejos el peso, la influencia o el carisma del candidato-presidente) es que esa oposición obtenga por lo menos el 40 % de las gobernaciones y alcaldías, lo que de hecho implicaría redibujar el mapa del poder en el país. Por eso, la única manera de evitar que eso ocurra... es que no haya gobernaciones y alcaldías, o en todo caso fomentar una expectativa que paralice la construcción de alternativas para esos espacios.

Por el lado de la oposición, las cosas tampoco aparecen demasiado claras. Habiendo sido correcta la actitud del candidato opositor la noche del 3-D, sin embargo esa actitud no se ha expresado aun en una conducta, que ofrezca al campo democrático no sólo un referente retórico distinto al oficial, sino además una opción de organización y movilización. Eso podría ocurrir en el futuro, mas aun hoy no exsisten señales claras en ese sentido.

Frente a ese panorama, los demócratas de izquierda –tanto desde nuestras respectivas organizaciones como desde la Corriente por la Revolución Democrática que pensamos impulsar- vamos a trabajar "no en la espuma del jabón, sino en la profundidad de la batea", golpeando la tela para sacar el sucio: en vez de estar lamentándonos por lo “radical” de los nuevos ministros, vamos a emplazarlos en espacios concretos de gestión, para que respondan a las necesidades populares en las áreas que son de su incumbencia; en vez de ponernos a lamentarnos porque la creación del PSUV sea o no “un paso más hacia el totalitarismo”, seremos implacables ante los burócratas y dirigentes que hayan traicionado al pueblo, así tengan las viejas etiquetas del MVR-PPT-PODEMOS o la nueva del partido fabricado por la “orden”, exigiendo que aclaren a los pobres de Venezuela de donde han sacado sus mansiones, sus super camionetas, sus vacaciones en el exterior, mientras le hablan al pueblo y a sus propios militantes de “revolución” y “sacrificio”; en vez, en fin, de ponernos a discutir como académicos sobre la viabilidad o no de las “ciudades comunales”, vamos a arremeter contra un gobierno que –muy lejos de poder construir ciudades “comunales”, “federales” o “socialistas”- ni siquiera ha sido capaz de construir más de 18 mil viviendas por año, y tiene a damnificados protestando en todo el país.

Nosotros vamos a pelear allí, en los barrios, en esos espacios donde el oficialismo ha olvidado como volver, y donde la oposición convencional tiene largos años sin llegar. Allí, donde no se puede “hacer política” simplemente con cuñas de TV o programas de opinión. Allí, donde esta un pueblo que –buscando cambios- votó por Andrés Velásquez, y por Caldera, y luego por Chávez, y aun hoy sigue necesitando, queriendo y buscando ese cambio.

Desde allí vamos a luchar, a compartir experiencias y aprendizajes con el pueblo, a construir vocación de cambio social, cultura democrática y tejido social autónomo. Desde allí, los demócratas de izquierda, los revolucionarios de verdad, los que creemos que el socialismo es democracia y libertad o no es socialismo, asumiremos que somos el 1 %, o el 3%, o el 10 % o el porcentaje que sea, pero seremos eso, con nuestras banderas, con nuestros perfil, dispuestos a encontrarnos y a luchar junto a todo aquel que quiera bien para el pueblo y progreso para Venezuela, pero sin disfrazarnos, sin diluirnos.

Desde esos espacios populares vamos a acumular razones, amores y fuerza. Y –si tenemos lucidez, si tenemos perseverancia, si tenemos la necesaria mezcla de inteligencia con coraje que el pueblo exige y reconoce en sus dirigentes cuando lo son de verdad- desde esos mismo espacios daremos nuestro humilde aporte para construir la nueva mayoría que abra camino a una nueva Venezuela, con igualdad, justicia social, democracia verdadera y verdadera libertad. Es posible incluso que ese aporte nuestro, por humilde que sea, constituya la diferencia, o parte de la diferencia. Lucharemos con denuedo para que sea una diferencia “a favor”. Por supuesto, “a favor” del pueblo!

PASO A LA NUEVA DEMOCRACIA
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sábado 13 de enero de 2007
Paso a la Nueva Democracia se presenta ante los venezolanos
Declaración hecha pública el 13 de mayo de 2006 en evento realizado en la Sala de Conciertos del Ateneo de Caracas, por dirigentes políticos y sociales de 12 estados del país:
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Para dejar de ser un país un país secuestrado por la “caribería”, la corrupción y el sectarismo de unos pocos y convertirnos en una Venezuela próspera, justa, de todos y para todos, basta con dar un paso: el

PASO A UNA NUEVA DEMOCRACIA

De Guacaipuro a Hugo Chávez: Una sola “caribería”

Desde el inicio de los tiempos, casi todos los grupos que se han disputado el poder en lo que hoy es Venezuela no la han visto como un país para desarrollar, sino como un botín para saquear. Como SU botín.

Ya antes de Colón, los primeros habitantes de estas tierras (pacíficos recolectores o agricultores) fueron agredidos por feroces invasores que vinieron del mar no en carabelas o galeones, sino en canoas de guerra. Los caribes (guerreros y practicantes del canibalismo) vieron en estas tierras un botín magnífico (tierras vírgenes y pueblos mansos) y, siglos antes que los españoles, antes que los caudillos militares, antes que las cúpulas adeco-copeyanas o que las actuales mafias del chavismo burocrático, los caribes proclamaron lo que despues repetirían todos los demás grupos que luego llegaron al poder: que sólo ellos tenían capacidad para decidir, que sólo ellos podían participar. Los caribes lo hicieron con mucha más sinceridad, pues sin necesidad de ninguna "Lista Tascón" ellos proclamaron, ebrios de sectarismo, “Ana karina rote”: “Sólo nosotros somos gente”.

Después de la invasión caribe vino la invasión española, que se inicio con el mal llamado Descubrimiento y siguió luego con la Conquista y la Colonia. Y nuevamente, el grupo en el poder pensó que “sólo ellos eran gente”, que sólo ellos tenían derecho a la parte del león en el reparto del botín. Eran otros tiempos, y todavía el despojo no era justificado en nombre “de la Revolución”. En aquel tiempo, el saqueo se hacia en nombre de la Corona.

Pero los blancos criollos tenían poca paciencia y mucha ambición. Querían una tajada más grande del botín, y el poder de entonces no quería dársela. Eso detonó una gran confrontación para determinar quién se quedaba con todo. Esa confrontación se llamó Guerra de Independencia.

Ciertamente, en el origen y desarrollo de esa guerra de 10 años contra España jugaron un papel muy importante los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad de la Revolución Francesa. Pero para poder entender porqué pasaron las cosas que pasaron, hay que ubicar que la Guerra de Independencia de 1811 a 1821 fue esencialmente una guerra por el reparto del botín. Por eso es que después de 1821, después de la Batalla de Carabobo, después de ganada la Independencia, los caudillos militares triunfantes en vez de dedicarse a echar adelante un nuevo proyecto de país se dedicaron a romper con la Gran Colombia como hoy Chávez rompe con la Comunidad Andina de Naciones y se dedicaron a robarse “legalmente” tierras como locos, porque eso era Venezuela para ellos: un botín de guerra, al que como vencedores tenían derecho.

En efecto, una de las primeras medidas de la Venezuela Independiente fue la llamada Ley de Haberes Militares, una de las obras cumbres del militarismo corrupto venezolano, ejemplo y guía para los “héroes” de supuestas “batallas” más recientes como el Plan Bolívar 2000 o el Complejo Azucarero Ezequiel Zamora.

Mediante aquella Ley de Haberes Militares, la Venezuela destrozada y endeudada por 10 años de guerra resolvía “pagarle” a los soldados del “Ejército Libertador” por sus servicios a la Patria. Ese pago se hacia mediante papelitos, algo así como los certificados que ahora entrega el CONAVI a damnificados que lo seguirán siendo, o como los títulos que hoy entrega la Misión Ribas a unos “bachilleres” que apenas pueden leer el certificado que están recibiendo. Aquellos “papelitos”, que acreditaban la propiedad de unos pocos metros de tierra ubicados quien sabe donde, los soldaditos se los vendían por unos pocos pesos a los caudillos militares. Ese fue el origen de la segunda oligarquía territorial venezolana.

Desde que termina el dominio español sobre Venezuela en 1821, hasta que Cipriano Castro llega al poder casi rozando el año 1900, Venezuela es el escenario de las “revoluciones” de los caudillos regionales. Esas “revoluciones”, tan chimbas como la actual, generalmente eran para mantenerse en el poder más allá de lo que la Constitución permitía (que casualidad, ¿verdad?), o para desalojar del poder a alguien. Como toda esa sangrienta escabechina había que justificarla con algún pretexto social y algún discurso político, se inventó aquello de la “Federación”, consigna artificial e hipócrita ya que, como reconoció en su momento un caudillo de la época, “si ustedes hubieran dicho Federación nosotros hubiéramos dicho Centralismo, y viceversa”. Al final, ahogados en sangre ajena, los caudillos federalistas y centralistas se pusieron de acuerdo en el Pacto de Coche, y –con Guzmán Blanco a la cabeza- se dispusieron a repartirse lo poco que quedaba del botín.

Con la consigna “Nuevos hombres, nuevas ideas, nuevos procedimientos” Cipriano Castro entra a triunfante a Caracas. Como pasó con Chávez en 1998, 100 años antes Castro llegó al poder no porque fue capaz de derrotar a sus adversarios, sino porque sus adversarios se desmoronaron ante el, víctimas de su propia incompetencia, su propio agotamiento y sus propias contradicciones. Su compadre y brazo derecho, Juan Vicente Gómez, crea el Ejército Nacional y con él, y con una red de carreteras como hasta entonces no existía en el país, Gómez fue eliminando uno a uno a los caudillos regionales, hasta que en 1902 en la Batalla de Ciudad Bolívar acabó con el último, cerrando así el ciclo de las guerras civiles.

Cipriano Castro era muy hablador, muy corrupto, muy dado a disfrutar sensualmente del poder (le hubiera encantado tener, por ejemplo, el jet privado y los relojes de lujo que hoy exhibe Chávez, para solo mencionar algunos detalles), y -también como Chávez- a Cipriano le encantaba discursear con una retórica falsamente nacionalista, más patriotera que patriótica. Así que -mientras Castro hablaba y hablaba- y mientras por dentro lo seguía consumiendo la sífilis, su compadre Gómez lo echó del poder.

Gómez implantó una paz terrible, la paz de los sepulcros. Le aplicó el “Método Cha-az” a todo el país, porque manejó a Venezuela entera como su hacienda. Mientras el paludismo, la tuberculosis, la fiebre amarilla y el hambre se comían al pueblo venezolano, Gómez y los allegados al poder disfrutaban de ese botín llamado Venezuela, convertido en una presa mucho más apetecible después que en 1927 se descubrió el petróleo.

A la muerte de Gómez se inicia en nuestro país un proceso de apertura democrática, incipiente con Eleazar López Contreras y mucho más abierto después con Isaías Medina Angarita. Este último, en particular, fue la mejor demostración de que una cosa es ser militar y otra muy distinta es ser militarista. Medina andaba por el país sin escolta, o casi; no usaba guayaberas blindadas ni andaba con la paranoia del magnicidio.

Seguramente, esa confianza del gobernante en su pueblo se debía a que Medina fue el primer presidente venezolano sin presos ni perseguidos políticos, un presidente que no insultaba a nadie y que en vez de programas populistas creó instituciones fundamentales como el Banco Obrero y el Seguro Social, entre muchas otras. Un presidente, en fin, inmensamente más democrático no sólo cuando se le compara con el pasado gomecista, sino sobre todo cuando se le compara con el presente chavista.

Esa transición democrática fue interrumpida por algunos impacientes, ávidos de poder. Una conspiración “cívico-militar” (¿les suena el término?) dio un golpe de Estado, que abrió la puerta primero a tres años de sectarismo adeco, y luego a diez años de dictadura perezjimenista. Como los caribes de siglos atrás, o como los burócratas chavistas de ahora, los adecos del trienio sectario 1945-1948 creyeron que “sólo ellos eran gente”, y que tenían el monopolio de la honestidad, del patriotismo y de la “Revolución”, (porque, bueno es recordarlo, los adecos de aquel tiempo también llamaron “Revolución” al golpe de estado que le dieron a Medina, en asociación con Pérez Jiménez).

Cuando, por soberbia y sectarismo, los adecos cometieron los errores suficientes para tener harto a todo el país, la llamada “la juventud militar” de aquel tiempo le dió un golpe frío a Gallegos. Diez años de dictadura brutal fue el precio que tuvo que pagar Venezuela por los errores de la adeca “Revolución de Octubre” de 1945, lo cual debería ser una enseñanza para los “radicales” actuales de todos los bandos: hay “revoluciones” que son muy malas, y hay remedios que terminan siendo peores que la enfermedad. Remember Carmona.

Tras la caída de Pérez Jiménez en 1958 se inicia en Venezuela un nuevo ensayo democrático. A pesar de imperfecciones y errores, los tres primeros gobiernos de la democracia representativa (Betancourt, Leoni y el primer gobierno de Caldera) logran éxitos tanto en materia social (masificación de la educación, elevación de la expectativa de vida gracias a la mejora sanitaria y construcción de una creciente y poderosa clase media) como en materia institucional, pues por primera vez en la historia post-colonial del país el Estado se presenta ante los ciudadanos no como propiedad del “jefe” o “del partido del jefe” , sino como una estructura que debía estar al servicio de todos los venezolanos.

Los siguientes tres gobiernos de la democracia representativa (Pérez I, Luis Herrera y Jaime Lusinchi) fueron los años de la gigantesca oportunidad perdida. En medio de algunas realizaciones positivas (como la nacionalización del petróleo, la del hierro y el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho), el gobierno de Pérez es devorado por la corrupción y el despilfarro, que seguirán cinco años más con Luis Herrera a pesar del Viernes Negro y que continuarán durante cinco años más con Jaime Lusinchi quemando las reservas internacionales del país para mantener la ficción de una abundancia que ya no existía, así como el espejismo de su propia popularidad.

Mientras más dinero había en el país, más crecía la corrupción y la pobreza. En ese contexto Perez es electo Presidente de nuevo e intenta dar un golpe de timón al errado rumbo que él mismo había trazado en su primer gobierno. Pero al igual que los caribes, que los españoles, que los caudillos militares, que Gómez, que los adecos del trienio y que Pérez Jiménez, CAP pensó que no tenía que consultarle al país los cambios que pensaba adelantar. No creyó necesario darle participación a la sociedad venezolana en el diseño y ejecución de ese “gran viraje” que intentó imponer. La dramática respuesta a esa prepotencia fue el Caracazo, terrible jornada popular que el oportunismo militarista de Chávez identificaría como la señal esperada para dar luz verde a su plan golpista.

Como CAP, Chávez tampoco le consultó a nadie sobre lo que pensaba hacer. El 4 de Febrero de 1992 fue, mucho más que el 18 de Octubre de 1945, un Golpe de Estado clásico, bonapartista, en el que la presencia civil era apenas un accesorio. Por eso, y por las increíbles piraterías del dispositivo golpista, el movimiento del 4-F fracasó como insurgencia militar. Si luego alcanzó éxito político no fue por sus propios méritos, sino porque las direcciones políticas de la democracia representativa se desmoronaron solas, como la hegemonía del Partido Liberal se disolvió ante la llegada de Cipriano Castro a Caracas un siglo atrás. Así que esta película más vieja no puede ser.

Efectivamente, después de las fracasadas intentonas golpistas de 1992, el establecimiento político fue incapaz de escuchar el clamor de cambio del país, y ese anhelo de cambio fue encarnado políticamente en 1998 por el golpista derrotado militarmente en el 92. Hasta 1993 la clase política se dedicó apenas a sobrevivir, y desde 1993 hasta 1998 el segundo Gobierno de Caldera fue una larga transición hacia ninguna parte. Habiendo incorporado como pitcher relevista en los innings finales a Teodoro Petkoff en Cordiplan, éste –con el petróleo a sólo nueve dólares el barril- logró evitar el colapso del país dándole alguna coherencia a la llamada Agenda Venezuela, y adelantó la redacción de unas reformas cuya instrumentación aun es materia pendiente para cualquier gobierno futuro.

Fue así como en 1998 llega al poder Hugo Chávez Frías, prometiendo cambio, castigo a los corruptos, seguridad ciudadana y redención social. Para eso se le eligió. Pero Chávez tenía –ahora se sabe- otros planes. Como todos los grupos que han estado en el poder, desde los Caribes hasta el MVR, Chávez cree que lo importante no es lo que la gente quiera, sino lo que a él particularmente se le antoje. Para eso tiene, gracias a los precios internacionales del petróleo, control absoluto sobre el botín más grande de que haya dispuesto gobernante alguno en la historia nacional.

Por eso, mientras el país pide seguridad ciudadana, Chávez se empeña en meternos en una guerra con Estados Unidos al lado de nuestros supuestos “hermanos” de Irán; mientras los pobres venezolanos piden empleo, Chávez quiere vendernos la idea de una “revolución continental” que, a diferencia de la buscada por el Ché en otros tiempos, ahora se piensa conseguir comprando, domesticando o montando gobiernos a punta de petróleo subsidiado y gas regalado. Por eso, mientras el país pide castigo a los corruptos de antes y a los de ahora, Chávez prefiere mirar para otro lado y seguir usando la corrupción como un instrumento de control político y manipulación social.

Entre siglos de sectarismo y corruptelas, un nuevo país se abre paso:

Pero la historia político-militar del país no resume ni contiene todo lo que verdaderamente es la historia de la construcción de Venezuela como sociedad, como realidad rica y diversa que en muchísimas ocasiones ha sabido ser más progresista y de avanzada que sus supuestamente iluminados gobernantes.

En efecto, mientras que en los tiempos coloniales el poder focalizaba sus esfuerzos en hacer inexpugnable el monopolio de la Compañía Guipuzcoana sobre el comercio, allá en Guayana los frailes capuchinos junto con los indígenas creaban las primeras empresas siderúrgicas de nuestra historia.

Mientras que durante la guerra de independencia jefes militares de uno y otro bando practicaban la política de tierra arrasada, por otro lado Andrés Bello construía las bases de la independencia cultural y educativa de la mitad del continente.

Mientras los caudillos de montoneras desangraron a Venezuela, disputándosela a jirones durante el largo período de confrontaciones civiles en la segunda mitad del siglo XIX, hombres como Fermín Toro sentaban las bases de un pensamiento político y social que buscaba hacer confluir la búsqueda de la igualdad con el reino de la libertad.

Mientras Gómez gobernaba con mano de hierro a un pueblo palúdico, hambriento y ensimismado, otros hombres –incluyendo algunos de sus ministros- se atrevieron a pensar la aventura de construir un país distinto, más moderno y sobre todo más justo, encendiendo lo que luego la historiadora Isbelia Segnini llamaría con razón las “luces de gomecismo”.

Mientras en los años 30 y 40 los actores políticos bailaban una danza trágica, al ritmo de avances insuficientes y trágicos retrocesos, en medio de una apertura democrática frustrada, hombres como Baldó, Gabaldón y muchos otros dieron una lucha gigantesca y victoriosa contra la bilharzia, la fiebre amarilla y la tuberculosis, flagelos que ahora han reaparecido como emblemas del fracaso sanitario inherente al llamado “socialismo del siglo XXI”.

Mientras en los años 50 la dictadura perezjimenista estrenaba la retórica tóxica de los megaproyectos y la grandiosidad faraónica, sencillos venezolanos por nacimiento y otros por adopción iniciaron la construcción de la modernidad venezolana, erigiendo edificios y pequeñas urbanizaciones que marcaron un perfil urbano superior en mucho a lo que hoy es el lamentable panorama de casi todas nuestras principales ciudades.

Mientras en los años 70, 80 y 90 gobiernos saturados de incompetencia, prepotencia y corrupción batieron todos los records en insensibilidad social, promoviendo la masificación de la miseria, centenares de miles de jóvenes egresaban de universidades, colegios e institutos de educación superior, acumulando nuestro país en esos 30 años la más grande cantidad de capital humano altamente calificado que haya tenido jamás Venezuela, mientras que por otro lado se diseñó, creó y desarrollo el sistema nacional de orquestas infantiles y juveniles, dos movimientos masivos que nos hablan de cómo emerge en este periodo un país mucho mejor formado y mucho más sensible humana y culturalmente que quienes ejercían entonces las palancas del poder.

Es de esa misma manera como en los últimos ocho años, mientras una ostentosa y chabacana costra de nuevos ricos, de corruptos “cínico-militares”, vuelve a creer que “sólo ellos son gente”, que sólo ellos son pueblo, que sólo ellos son bolivarianos, y que todos los demás habitantes de este país podemos ser reducidos al campo de concentración (virtual pero igualmente discriminatorio y terrible) de las listas Maisanta y Tascón, mientras eso ocurre en el país del poder, en el país verdadero están ocurriendo muchas otras cosas.

Ni autoritarismo militarista, ni paternalismo burocrático: ¡Paso a la Nueva Democracia!

Si. Mientras Chávez habla y habla, y mientras su público habitual de corruptos, contratistas, comisionistas y testaferros le ríe los chistes y le aplaude las barbaridades, mientras ellos siguen creyendo que el pueblo venezolano se puede despachar con algunas migajas del festín petrolero, con algunas franelas rojas, con una que otra cachucha y con muchas, muchas promesas, mientras todo eso ocurre, están naciendo nuevas realidades.

En la Venezuela verdadera los jóvenes estamos empezando a movilizarnos. Sin hacer caso a las amenazas del gobierno ni a las manipulaciones de gastados liderazgos, la juventud y los estudiantes hemos tomado la calle para decir en alta voz: no nos calamos el irrespeto a la vida, nos toleramos la cultura de la muerte, y nos oponemos activamente a un gobierno que ha convertido la impunidad en Política de Estado.

Los habitantes de los barrios populares también estamos empezando a movilizarnos. La inseguridad, el incumplimiento en materia de vivienda, las mentiras repetidas en materia de salud, la grosera manipulación de nuestra hambre a través del reparto electoral de bolsas de comida, entre otras razones, han hecho que en los barrios comiencen las manifestaciones y protestas. Vistiendo a veces franelas rojas para evitar o disminuir la represión, hombres y mujeres de los barrios (opositores unos, chavistas otros, ni-nis la mayoría, venezolanos todos) estamos iniciando la pelea en la calle por los derechos establecidos en una Constitución de la que el gobierno se acuerda solo cuando le conviene.

La oposición también esta cambiando. Hasta el 2004, la consigna o más bien la obsesión única de la oposición política era “salir de Chávez”, como si eso bastara para resolver los errores que habían permitido el acceso de Chávez al poder. Se pensó que bastaba con “unir” los restos de la vieja política con algunos nuevos actores políticos y sociales, para lograr la victoria. Ese fue un error en el que incurrimos muchos. Se quiso derrotar al gobierno sin trabajar en los barrios, sin movilizar a los jóvenes, sin darle razones sociales al pueblo llano para participar en la lucha por la democracia, y el resultado fue la derrota, tal y como siglos atrás otro Chávez, llamado José Tomás Boves, logró derrotar a los patriotas gracias a las lanzas de los llaneros.

Afortunadamente, hoy la oposición es otra cosa. El lanzamiento de la candidatura de Teodoro Petkoff, la expectativa que existe sobre la opción de Manuel Rosales y el trabajo electoral desarrollado en los barrios desde hace meses por Julio Borges son signos de que emerge un nuevo liderazgo que más que oposición, quiere ser alternativa.
Porque de eso se trata: de construir una alternativa. Una alternativa POPULAR, es decir, comprometida con los trabajadores, con el desarrollo soberano del país y con la defensa de los intereses de las mayorías que –hoy más que antes- siguen excluidas; una alternativa de IZQUIERDA MODERNA, PROGRESISTA, capaz de sintonizar el proceso político venezolano con el avance social y político latinoamericano, y no con las tendencias regresivas y autoritarias que representa el régimen cubano; una alternativa que impulse la REVOLUCION DEMOCRATICA que el país reclama; que se oponga al militarismo populista del gobierno, pero que también se niegue a colocar los intereses, y esperanzas del pueblo a favor de sectores fracasados y corrompidos, estén en el gobierno o en la oposición.

El asunto es muchísimo más complicado que “salir de Chávez”: El fondo del problema es TRANSFORMAR A VENEZUELA. Y los cambios necesarios son de tal naturaleza y magnitud que no podrán ser acometidos con éxito por ninguna “vanguardia”, por ningún nuevo grupo de “iluminados” o de “salvadores de la Patria”. Lo que se plantea entonces no es sustituir la camarilla chavista por una nueva secta que, como siglos atrás hicieron los caribes, piensen que “sólo ellos son gente”, y que “solo ellos” pueden protagonizar los cambios. NO. De lo que se trata es de construir una opción política que entienda que este pueblo creció, que la juventud ya no se conforma con ser “una esperanza de futuro”, que la sociedad venezolana tiene formación y madurez, y que por eso los dirigentes políticos ya no podrán seguir relacionándose con la sociedad desde el paternalismo burocrático de antes o desde el autoritarismo militarista de ahora. La opción necesaria es aquella que entienda que Venezuela no es un botín, sino un país, y que el poder no es un fin en si mismo, sino apenas un instrumento para hacer un trabajo.

Por eso, para nosotros la salida de este régimen no es “hacia el pasado”, hacia la restauración de la experiencia democrática previa a 1998, pues tal experiencia (con todos los méritos que ahora son evidentes) estuvo también signada por los defectos, limitaciones y corruptelas que hicieron posible el surgimiento de la degeneración autoritaria. Para nosotros, la salida de la presente crisis es HACIA DELANTE, hacia la construcción de una NUEVA DEMOCRACIA, una nueva experiencia democrática que una los valores republicanos de la separación de poderes, alternabilidad democrática, funcionamiento de las instituciones y vigencia del Estado de Derecho, con la sensibilidad social necesaria para colocar el combate a la pobreza en el centro de la acción del Estado y de la sociedad, y con el compromiso político indispensable para asumir la participación popular y el protagonismo social no como consignas o coartadas, sino como realidades que el Estado en vez de contener, secuestrar o “tolerar”, debe respetar, impulsar y fortalecer.

Construir el cambio con la gente y no “para” la gente, pasa por hacer protagonistas del cambio a ese 80 % de venezolanas y venezolanos que se debaten entre la pobreza a secas y la miseria atroz.. Dar entre todos el necesario Paso a la Nueva Democracia implica entonces “empoderar” a los pobres, PERO HACERLO DE VERDAD, pues “dar poder a los pobres” no es darles discursos y migajas, sino promover su acceso efectivo a educación de calidad, a servicios de salud óptimos, es construir oportunidades de realización para la juventud, es construir empleo de calidad con salarios justos, es seguridad social y seguridad ciudadana, para que –sobre esa plataforma que garantice la efectiva igualdad de oportunidades- los pobres puedan dejar de serlo, y no dependan nunca más de quien regale franelas, gorras, becas o cualquier tipo de prebenda proselitista.
Este Paso a la Nueva Democracia hace indispensable la reinvención de la política, tal y como la hemos conocido los venezolanos. Se hace imperativo el retorno de la ética al ejercicio de la acción política, el entenderla como servicio público y no como puerta de emergencia o escalera de servicio para el ascenso social o el poder económico.

Por eso dar entre todos este Paso a la Nueva Democracia pasa por la construcción de un nuevo tipo de organización, democrática y eficiente. El petro-estado transformó a los partidos políticos venezolanos que pasaron por el poder (y a los que hoy están en él) en maquinarias clientelares, en agencias de empleos, en centros de distribución de contratos, en fin, en mecanismos para-institucionales para la distribución de la renta, en tentáculos de corrupción. Dar Paso a la Nueva Democracia, significa entonces construir organizaciones alternativas, capaces de actuar como centros de generación de ideas novedosas, capaces de construir esas ideas junto a la gente para transformarlas en políticas públicas, con resultados evaluables y de los cuales se rinda cuenta ante los ciudadanos.

Romper con la “vieja política” implica atreverse a trabajar para y por un mejor país, en vez de seguir repitiendo o reciclando las viejas fórmulas de la demagogia y del populismo. En consecuencia, nos proponemos construir una organización con amplia democracia interna en su debate y en sus mecanismos de toma de decisiones. Un movimiento con una estructura organizativa sencilla y transparente, que reconozca los liderazgos naturales y promueva el surgimiento de otros. Una organización comprometida con la lucha democrática, que asuma a plenitud tanto su dimensión electoral como la pelea reivindicativa y la movilización de las bases de la sociedad.

Dar entre todos este sustancial Paso a la Nueva Democracia es la propuesta que formulamos para la construcción de una nueva mayoría popular y democrática que trascienda el mero rechazo a los vicios del pasado y del presente, para que sea capaz de comprometerse también al diseño y construcción de un proyecto de futuro. Asumimos el reto de contribuir en la construcción de esa nueva mayoría social, y de dotarla de una expresión política nítida, responsable y eficiente.

Paso a la Nueva Democracia es un espacio en construcción, abierto a todos los que se identifiquen con estas ideas y propuestas. Estamos dispuestos también a coincidir con el torrente unitario que es necesario articular para superar definitivamente la vieja cultura política, que tiene en este gobierno a su expresión más reciente y más corrupta, a fin de abrir paso en Venezuela a una sociedad justa y próspera, integrada al mundo desde la certeza de los intereses y aspiraciones de nuestro pueblo, e integrada internamente no sólo por haber superado la pobreza, sino también por haber desterrado definitivamente el odio como ideología y la discriminación como mecanismo de acción política.

Por eso, para los corruptos de antes, y para los de ahora, nuestro nombre es una exigencia : ¡Abran Paso a la Nueva Democracia! En cambio, para todos los venezolanos, en especial para los habitantes de los barrios populares y para los jóvenes, nuestro nombre es una invitación:
¡Vamos a dar entre todos el paso que hace falta, el Paso a la Nueva Democracia!

De Guaicaipuro a Hugo Chávez: Una sola "caribería"

Para dejar de ser un país secuestrado por la “caribería”, la corrupción y el sectarismo de unos pocos y convertirnos en una Venezuela próspera, justa, de todos y para todos, basta con dar un paso: el PASO A LA NUEVA DEMOCRACIA
Desde el inicio de los tiempos, casi todos los grupos que se han disputado el poder en lo que hoy es Venezuela no la han visto como un país para desarrollar, sino como un botín para saquear. Como su botín.

Ya antes de Colón, los primeros habitantes de estas tierras (pacíficos recolectores o agricultores) fueron agredidos por feroces invasores que vinieron del mar no en carabelas o galeones, sino en canoas de guerra. Los caribes (guerreros y practicantes del canibalismo) vieron en estas tierras un botín magnífico (tierras vírgenes y pueblos mansos) y, siglos antes que los españoles, antes que los caudillos militares, antes que las cúpulas adeco-copeyanas o que las actuales mafias del chavismo burocrático, los caribes proclamaron lo que despues repetirían todos los demás grupos que luego llegaron al poder: que sólo ellos tenían capacidad para decidir, que sólo ellos podían participar. Los caribes lo hicieron con mucha más sinceridad, pues sin necesidad de ninguna Lista Tascón ellos proclamaron, ebrios de sectarismo, “Ana karina rote”: “Sólo nosotros somos gente”.

Después de la invasión caribe vino la invasión española, que se inicio con el mal llamado Descubrimiento y siguió luego con la Conquista y la Colonia. Y nuevamente, el grupo en el poder pensó que “sólo ellos eran gente”, que sólo ellos tenían derecho a la parte del león en el reparto del botín. Eran otros tiempos, y todavía el despojo no era justificado en nombre “de la Revolución”. En aquel tiempo, el saqueo se hacia en nombre de la Corona.

Pero los blancos criollos tenían poca paciencia y mucha ambición. Querían una tajada más grande del botín, y el poder de entonces no quería dársela. Eso detonó una gran confrontación para determinar quién se quedaba con todo. Esa confrontación se llamó Guerra de Independencia.

Ciertamente, en el origen y desarrollo de esa guerra de 10 años contra España jugaron un papel muy importante los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad de la Revolución Francesa. Pero para poder entender porqué pasaron las cosas que pasaron, hay que ubicar que la Guerra de Independencia de 1811 a 1821 fue esencialmente una guerra por el reparto del botín. Por eso es que después de 1821, después de la Batalla de Carabobo, después de ganada la Independencia, los caudillos militares triunfantes en vez de dedicarse a echar adelante un nuevo proyecto de país se dedicaron a romper con la Gran Colombia como hoy Chávez rompe con la Comunidad Andina de Naciones y se dedicaron a robarse “legalmente” tierras como locos, porque eso era Venezuela para ellos: un botín de guerra, al que como vencedores tenían derecho.

En efecto, una de las primeras medidas de la Venezuela Independiente fue la llamada Ley de Haberes Militares, una de las obras cumbres del militarismo corrupto venezolano, ejemplo y guía para los “héroes” de supuestas “batallas” más recientes como el Plan Bolívar 2000 o el Complejo Azucarero Ezequiel Zamora.

Mediante aquella Ley de Haberes Militares, la Venezuela destrozada y endeudada por 10 años de guerra resolvía “pagarle” a los soldados del “Ejército Libertador” por sus servicios a la Patria. Ese pago se hacia mediante papelitos, algo así como los certificados que ahora entrega el CONAVI a damnificados que lo seguirán siendo, o como los títulos que hoy entrega la Misión Ribas a unos “bachilleres” que apenas pueden leer el certificado que están recibiendo. Aquellos “papelitos”, que acreditaban la propiedad de unos pocos metros de tierra ubicados quien sabe donde, los soldaditos se los vendían por unos pocos pesos a los caudillos militares. Ese fue el origen de la segunda oligarquía territorial venezolana.

Desde que termina el dominio español sobre Venezuela en 1821, hasta que Cipriano Castro llega al poder casi rozando el año 1900, Venezuela es el escenario de las “revoluciones” de los caudillos regionales. Esas “revoluciones”, tan chimbas como la actual, generalmente eran para mantenerse en el poder más allá de lo que la Constitución permitía (que casualidad, ¿verdad?), o para desalojar del poder a alguien. Como toda esa sangrienta escabechina había que justificarla con algún pretexto social y algún discurso político, se inventó aquello de la “Federación”, consigna artificial e hipócrita ya que, como reconoció en su momento un caudillo de la época, “si ustedes hubieran dicho Federación nosotros hubiéramos dicho Centralismo, y viceversa”. Al final, ahogados en sangre ajena, los caudillos federalistas y centralistas se pusieron de acuerdo en el Pacto de Coche, y –con Guzmán Blanco a la cabeza- se dispusieron a repartirse lo poco que quedaba del botín.

Con la consigna “Nuevos hombres, nuevas ideas, nuevos procedimientos” Cipriano Castro entra a triunfante a Caracas. Como pasó con Chávez en 1998, 100 años antes Castro llegó al poder no porque fue capaz de derrotar a sus adversarios, sino porque sus adversarios se desmoronaron ante el, víctimas de su propia incompetencia, su propio agotamiento y sus propias contradicciones. Su compadre y brazo derecho, Juan Vicente Gómez, crea el Ejército Nacional y con él, y con una red de carreteras como hasta entonces no existía en el país, Gómez fue eliminando uno a uno a los caudillos regionales, hasta que en 1902 en la Batalla de Ciudad Bolívar acabó con el último, cerrando así el ciclo de las guerras civiles.

Cipriano Castro era muy hablador, muy corrupto, muy dado a disfrutar sensualmente del poder (le hubiera encantado tener, por ejemplo, el jet privado y los relojes de lujo que hoy exhibe Chávez, para solo mencionar algunos detalles), y -también como Chávez- a Cipriano le encantaba discursear con una retórica falsamente nacionalista, más patriotera que patriótica. Así que -mientras Castro hablaba y hablaba- y mientras por dentro lo seguía consumiendo la sífilis, su compadre Gómez lo echó del poder.

Gómez implantó una paz terrible, la paz de los sepulcros. Le aplicó el “Método Cha-az” a todo el país, porque manejó a Venezuela entera como su hacienda. Mientras el paludismo, la tuberculosis, la fiebre amarilla y el hambre se comían al pueblo venezolano, Gómez y los allegados al poder disfrutaban de ese botín llamado Venezuela, convertido en una presa mucho más apetecible después que en 1927 se descubrió el petróleo.

A la muerte de Gómez se inicia en nuestro país un proceso de apertura democrática, incipiente con Eleazar López Contreras y mucho más abierto después con Isaías Medina Angarita. Este último, en particular, fue la mejor demostración de que una cosa es ser militar y otra muy distinta es ser militarista. Medina andaba por el país sin escolta, o casi; no usaba guayaberas blindadas ni andaba con la paranoia del magnicidio.

Seguramente, esa confianza del gobernante en su pueblo se debía a que Medina fue el primer presidente venezolano sin presos ni perseguidos políticos, un presidente que no insultaba a nadie y que en vez de programas populistas creó instituciones fundamentales como el Banco Obrero y el Seguro Social, entre muchas otras. Un presidente, en fin, inmensamente más democrático no sólo cuando se le compara con el pasado gomecista, sino sobre todo cuando se le compara con el presente chavista.

Esa transición democrática fue interrumpida por algunos impacientes, ávidos de poder. Una conspiración “cívico-militar” (¿les suena el término?) dio un golpe de Estado, que abrió la puerta primero a tres años de sectarismo adeco, y luego a diez años de dictadura perezjimenista. Como los caribes de siglos atrás, o como los burócratas chavistas de ahora, los adecos del trienio sectario 1945-1948 creyeron que “sólo ellos eran gente”, y que tenían el monopolio de la honestidad, del patriotismo y de la “Revolución”, (porque, bueno es recordarlo, los adecos de aquel tiempo también llamaron “Revolución” al golpe de estado que le dieron a Medina, en asociación con Pérez Jiménez).

Cuando, por soberbia y sectarismo, los adecos cometieron los errores suficientes para tener harto a todo el país, la llamada “la juventud militar” de aquel tiempo le dió un golpe frío a Gallegos. Diez años de dictadura brutal fue el precio que tuvo que pagar Venezuela por los errores de la adeca “Revolución de Octubre” de 1945, lo cual debería ser una enseñanza para los “radicales” actuales de todos los bandos: hay “revoluciones” que son muy malas, y hay remedios que terminan siendo peores que la enfermedad. Remember Carmona.

Tras la caída de Pérez Jiménez en 1958 se inicia en Venezuela un nuevo ensayo democrático. A pesar de imperfecciones y errores, los tres primeros gobiernos de la democracia representativa (Betancourt, Leoni y el primer gobierno de Caldera) logran éxitos tanto en materia social (masificación de la educación, elevación de la expectativa de vida gracias a la mejora sanitaria y construcción de una creciente y poderosa clase media) como en materia institucional, pues por primera vez en la historia post-colonial del país el Estado se presenta ante los ciudadanos no como propiedad del “jefe” o “del partido del jefe” , sino como una estructura que debía estar al servicio de todos los venezolanos.

Los siguientes tres gobiernos de la democracia representativa (Pérez I, Luis Herrera y Jaime Lusinchi) fueron los años de la gigantesca oportunidad perdida. En medio de algunas realizaciones positivas (como la nacionalización del petróleo, la del hierro y el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho), el gobierno de Pérez es devorado por la corrupción y el despilfarro, que seguirán cinco años más con Luis Herrera a pesar del Viernes Negro y que continuarán durante cinco años más con Jaime Lusinchi quemando las reservas internacionales del país para mantener la ficción de una abundancia que ya no existía, así como el espejismo de su propia popularidad.

Mientras más dinero había en el país, más crecía la corrupción y la pobreza. En ese contexto Perez es electo Presidente de nuevo e intenta dar un golpe de timón al errado rumbo que él mismo había trazado en su primer gobierno. Pero al igual que los caribes, que los españoles, que los caudillos militares, que Gómez, que los adecos del trienio y que Pérez Jiménez, CAP pensó que no tenía que consultarle al país los cambios que pensaba adelantar. No creyó necesario darle participación a la sociedad venezolana en el diseño y ejecución de ese “gran viraje” que intentó imponer. La dramática respuesta a esa prepotencia fue el Caracazo, terrible jornada popular que el oportunismo militarista de Chávez identificaría como la señal esperada para dar luz verde a su plan golpista.

Como CAP, Chávez tampoco le consultó a nadie sobre lo que pensaba hacer. El 4 de Febrero de 1992 fue, mucho más que el 18 de Octubre de 1945, un Golpe de Estado clásico, bonapartista, en el que la presencia civil era apenas un accesorio. Por eso, y por las increíbles piraterías del dispositivo golpista, el movimiento del 4-F fracasó como insurgencia militar. Si luego alcanzó éxito político no fue por sus propios méritos, sino porque las direcciones políticas de la democracia representativa se desmoronaron solas, como la hegemonía del Partido Liberal se disolvió ante la llegada de Cipriano Castro a Caracas un siglo atrás. Así que esta película más vieja no puede ser.

Efectivamente, después de las fracasadas intentonas golpistas de 1992, el establecimiento político fue incapaz de escuchar el clamor de cambio del país, y ese anhelo de cambio fue encarnado políticamente en 1998 por el golpista derrotado militarmente en el 92. Hasta 1993 la clase política se dedicó apenas a sobrevivir, y desde 1993 hasta 1998 el segundo Gobierno de Caldera fue una larga transición hacia ninguna parte. Habiendo incorporado como pitcher relevista en los innings finales a Teodoro Petkoff en Cordiplan, éste –con el petróleo a sólo nueve dólares el barril- logró evitar el colapso del país dándole alguna coherencia a la llamada Agenda Venezuela, y adelantó la redacción de unas reformas cuya instrumentación aun es materia pendiente para cualquier gobierno futuro.

Fue así como en 1998 llega al poder Hugo Chávez Frías, prometiendo cambio, castigo a los corruptos, seguridad ciudadana y redención social. Para eso se le eligió. Pero Chávez tenía –ahora se sabe- otros planes. Como todos los grupos que han estado en el poder, desde los Caribes hasta el MVR, Chávez cree que lo importante no es lo que la gente quiera, sino lo que a él particularmente se le antoje. Para eso tiene, gracias a los precios internacionales del petróleo, control absoluto sobre el botín más grande de que haya dispuesto gobernante alguno en la historia nacional.

Por eso, mientras el país pide seguridad ciudadana, Chávez se empeña en meternos en una guerra con Estados Unidos al lado de nuestros supuestos “hermanos” de Irán; mientras los pobres venezolanos piden empleo, Chávez quiere vendernos la idea de una “revolución continental” que, a diferencia de la buscada por el Ché en otros tiempos, ahora se piensa conseguir comprando, domesticando o montando gobiernos a punta de petróleo subsidiado y gas regalado. Por eso, mientras el país pide castigo a los corruptos de antes y a los de ahora, Chávez prefiere mirar para otro lado y seguir usando la corrupción como un instrumento de control político y manipulación social.

Entre siglos de sectarismo y corruptelas, un nuevo país se abre paso:

Pero la historia político-militar del país no resume ni contiene todo lo que verdaderamente es la historia de la construcción de Venezuela como sociedad, como realidad rica y diversa que en muchísimas ocasiones ha sabido ser más progresista y de avanzada que sus supuestamente iluminados gobernantes.

En efecto, mientras que en los tiempos coloniales el poder focalizaba sus esfuerzos en hacer inexpugnable el monopolio de la Compañía Guipuzcoana sobre el comercio, allá en Guayana los frailes capuchinos junto con los indígenas creaban las primeras empresas siderúrgicas de nuestra historia.

Mientras que durante la guerra de independencia jefes militares de uno y otro bando practicaban la política de tierra arrasada, por otro lado Andrés Bello construía las bases de la independencia cultural y educativa de la mitad del continente.

Mientras los caudillos de montoneras desangraron a Venezuela, disputándosela a jirones durante el largo período de confrontaciones civiles en la segunda mitad del siglo XIX, hombres como Fermín Toro sentaban las bases de un pensamiento político y social que buscaba hacer confluir la búsqueda de la igualdad con el reino de la libertad.

Mientras Gómez gobernaba con mano de hierro a un pueblo palúdico, hambriento y ensimismado, otros hombres –incluyendo algunos de sus ministros- se atrevieron a pensar la aventura de construir un país distinto, más moderno y sobre todo más justo, encendiendo lo que luego la historiadora Isbelia Segnini llamaría con razón las “luces de gomecismo”.

Mientras en los años 30 y 40 los actores políticos bailaban una danza trágica, al ritmo de avances insuficientes y trágicos retrocesos, en medio de una apertura democrática frustrada, hombres como Baldó, Gabaldón y muchos otros dieron una lucha gigantesca y victoriosa contra la bilharzia, la fiebre amarilla y la tuberculosis, flagelos que ahora han reaparecido como emblemas del fracaso sanitario inherente al llamado “socialismo del siglo XXI”.

Mientras en los años 50 la dictadura perezjimenista estrenaba la retórica tóxica de los megaproyectos y la grandiosidad faraónica, sencillos venezolanos por nacimiento y otros por adopción iniciaron la construcción de la modernidad venezolana, erigiendo edificios y pequeñas urbanizaciones que marcaron un perfil urbano superior en mucho a lo que hoy es el lamentable panorama de casi todas nuestras principales ciudades.

Mientras en los años 70, 80 y 90 gobiernos saturados de incompetencia, prepotencia y corrupción batieron todos los records en insensibilidad social, promoviendo la masificación de la miseria, centenares de miles de jóvenes egresaban de universidades, colegios e institutos de educación superior, acumulando nuestro país en esos 30 años la más grande cantidad de capital humano altamente calificado que haya tenido jamás Venezuela, mientras que por otro lado se diseñó, creó y desarrollo el sistema nacional de orquestas infantiles y juveniles, dos movimientos masivos que nos hablan de cómo emerge en este periodo un país mucho mejor formado y mucho más sensible humana y culturalmente que quienes ejercían entonces las palancas del poder.

Es de esa misma manera como en los últimos ocho años, mientras una ostentosa y chabacana costra de nuevos ricos, de corruptos “cínico-militares”, vuelve a creer que “sólo ellos son gente”, que sólo ellos son pueblo, que sólo ellos son bolivarianos, y que todos los demás habitantes de este país podemos ser reducidos al campo de concentración (virtual pero igualmente discriminatorio y terrible) de las listas Maisanta y Tascón, mientras eso ocurre en el país del poder, en el país verdadero están ocurriendo muchas otras cosas.

Ni autoritarismo militarista, ni paternalismo burocrático: ¡Paso a la Nueva Democracia!

Si. Mientras Chávez habla y habla, y mientras su público habitual de corruptos, contratistas, comisionistas y testaferros le ríe los chistes y le aplaude las barbaridades, mientras ellos siguen creyendo que el pueblo venezolano se puede despachar con algunas migajas del festín petrolero, con algunas franelas rojas, con una que otra cachucha y con muchas, muchas promesas, mientras todo eso ocurre, están naciendo nuevas realidades.

En la Venezuela verdadera los jóvenes estamos empezando a movilizarnos. Sin hacer caso a las amenazas del gobierno ni a las manipulaciones de gastados liderazgos, la juventud y los estudiantes hemos tomado la calle para decir en alta voz: no nos calamos el irrespeto a la vida, nos toleramos la cultura de la muerte, y nos oponemos activamente a un gobierno que ha convertido la impunidad en Política de Estado.

Los habitantes de los barrios populares también estamos empezando a movilizarnos. La inseguridad, el incumplimiento en materia de vivienda, las mentiras repetidas en materia de salud, la grosera manipulación de nuestra hambre a través del reparto electoral de bolsas de comida, entre otras razones, han hecho que en los barrios comiencen las manifestaciones y protestas. Vistiendo a veces franelas rojas para evitar o disminuir la represión, hombres y mujeres de los barrios (opositores unos, chavistas otros, ni-nis la mayoría, venezolanos todos) estamos iniciando la pelea en la calle por los derechos establecidos en una Constitución de la que el gobierno se acuerda solo cuando le conviene.

La oposición también esta cambiando. Hasta el 2004, la consigna o más bien la obsesión única de la oposición política era “salir de Chávez”, como si eso bastara para resolver los errores que habían permitido el acceso de Chávez al poder. Se pensó que bastaba con “unir” los restos de la vieja política con algunos nuevos actores políticos y sociales, para lograr la victoria. Se quiso derrotar al gobierno sin trabajar en los barrios, sin movilizar a los jóvenes, sin darle razones sociales al pueblo llano para participar en la lucha por la democracia, y el resultado fue la derrota, tal y como siglos atrás otro Chávez, llamado José Tomás Boves, logró derrotar a los patriotas gracias a las lanzas de los llaneros.

Afortunadamente, hoy la oposición es otra cosa. El lanzamiento de la candidatura de Teodoro Petkoff, la expectativa que existe sobre la opción de Manuel Rosales y el trabajo electoral desarrollado en los barrios desde hace meses por Julio Borges son signos de que emerge un nuevo liderazgo que más que oposición, quiere ser alternativa.
Porque de eso se trata: de construir una alternativa. Una alternativa POPULAR, es decir, comprometida con los trabajadores, con el desarrollo soberano del país y con la defensa de los intereses de las mayorías que –hoy más que antes- siguen excluidas; una alternativa de IZQUIERDA MODERNA, PROGRESISTA, capaz de sintonizar el proceso político venezolano con el avance social y político latinoamericano, y no con ese “museo de cera” de la guerra fría que es el régimen cubano; una alternativa que impulse la REVOLUCION DEMOCRATICA que el país reclama; que se oponga al militarismo populista del gobierno, pero que también se niegue a colocar los intereses, y esperanzas del pueblo a favor de sectores fracasados y corrompidos, estén en el gobierno o en la oposición.
El asunto es muchísimo más complicado que “salir de Chávez”: El fondo del problema es TRANSFORMAR A VENEZUELA. Y los cambios necesarios son de tal naturaleza y magnitud que no podrán ser acometidos con éxito por ninguna “vanguardia”, por ningún nuevo grupo de “iluminados” o de “salvadores de la Patria”.
Lo que se plantea entonces no es sustituir la camarilla chavista por una nueva secta que, como siglos atrás hicieron los caribes, piensen que “sólo ellos son gente”, y que “solo ellos” pueden protagonizar los cambios. NO. De lo que se trata es de construir una opción política que entienda que este pueblo creció, que la juventud ya no se conforma con ser “una esperanza de futuro”, que la sociedad venezolana tiene formación y madurez, y que por eso los dirigentes políticos ya no podrán seguir relacionándose con la sociedad desde el paternalismo burocrático de antes o desde el autoritarismo militarista de ahora. La opción necesaria es aquella que entienda que Venezuela no es un botín, sino un país, y que el poder no es un fin en si mismo, sino apenas un instrumento para hacer un trabajo.
Por eso, para nosotros la salida de este régimen no es “hacia el pasado”, hacia la restauración de la experiencia democrática previa a 1998, pues tal experiencia (con todos los méritos que ahora son evidentes) estuvo también signada por los defectos, limitaciones y corruptelas que hicieron posible el surgimiento de la degeneración autoritaria.
Para nosotros, la salida de la presente crisis es HACIA DELANTE, hacia la construcción de una NUEVA DEMOCRACIA, una nueva experiencia democrática que una los valores republicanos de la separación de poderes, alternabilidad democrática, funcionamiento de las instituciones y vigencia del Estado de Derecho, con la sensibilidad social necesaria para colocar el combate a la pobreza en el centro de la acción del Estado y de la sociedad, y con el compromiso político indispensable para asumir la participación popular y el protagonismo social no como consignas o coartadas, sino como realidades que el Estado en vez de contener, secuestrar o “tolerar”, debe respetar, impulsar y fortalecer.
Construir el cambio con la gente y no “para” la gente, pasa por hacer protagonistas del cambio a ese 80 % de venezolanas y venezolanos que se debaten entre la pobreza a secas y la miseria atroz.. Dar entre todos el necesario Paso a la Nueva Democracia implica entonces “empoderar” a los pobres, PERO HACERLO DE VERDAD, pues “dar poder a los pobres” no es darles discursos y migajas, sino promover su acceso efectivo a educación de calidad, a servicios de salud óptimos, es construir oportunidades de realización para la juventud, es construir empleo de calidad con salarios justos, es seguridad social y seguridad ciudadana, para que –sobre esa plataforma que garantice la efectiva igualdad de oportunidades- los pobres puedan dejar de serlo, y no dependan nunca más de quien regale franelas, gorras, becas o cualquier tipo de prebenda proselitista.
Este Paso a la Nueva Democracia hace indispensable la reinvención de la política, tal y como la hemos conocido los venezolanos. Se hace imperativo el retorno de la ética al ejercicio de la acción política, el entenderla como servicio público y no como puerta de emergencia o escalera de servicio para el ascenso social o el poder económico
Por eso dar entre todos este Paso a la Nueva Democracia pasa por la construcción de un nuevo tipo de organización, democrática y eficiente. El petro-estado transformó a los partidos políticos venezolanos que pasaron por el poder (y a los que hoy están en él) en maquinarias clientelares, en agencias de empleos, en centros de distribución de contratos, en fin, en mecanismos para-institucionales para la distribución de la renta, en tentáculos de corrupción.
Dar Paso a la Nueva Democracia, significa entonces construir organizaciones alternativas, capaces de actuar como centros de generación de ideas novedosas, capaces de construir esas ideas junto a la gente para transformarlas en políticas públicas, con resultados evaluables y de los cuales se rinda cuenta ante los ciudadanos.
Romper con la “vieja política” implica atreverse a trabajar para y por un mejor país, en vez de seguir repitiendo o reciclando las viejas fórmulas de la demagogia y del populismo. En consecuencia, nos proponemos construir una organización con amplia democracia interna en su debate y en sus mecanismos de toma de decisiones. Un movimiento con una estructura organizativa sencilla y transparente, que reconozca los liderazgos naturales y promueva el surgimiento de otros. Una organización comprometida con la lucha democrática, que asuma a plenitud tanto su dimensión electoral como la pelea reivindicativa y la movilización de las bases de la sociedad.
Dar entre todos este sustancial Paso a la Nueva Democracia es la propuesta que formulamos para la construcción de una nueva mayoría popular y democrática que trascienda el mero rechazo a los vicios del pasado y del presente, para que sea capaz de comprometerse también al diseño y construcción de un proyecto de futuro. Asumimos el reto de contribuir en la construcción de esa nueva mayoría social, y de dotarla de una expresión política nítida, responsable y eficiente.
Paso a la Nueva Democracia es un espacio en construcción, abierto a todos los que se identifiquen con estas ideas y propuestas. Estamos dispuestos también a coincidir con el torrente unitario que es necesario articular para superar definitivamente la vieja cultura política, que tiene en este gobierno a su expresión más reciente y más corrupta, a fin de abrir paso en Venezuela a una sociedad justa y próspera, integrada al mundo desde la certeza de los intereses y aspiraciones de nuestro pueblo, e integrada internamente no sólo por haber superado la pobreza, sino también por haber desterrado definitivamente el odio como ideología y la discriminación como mecanismo de acción política.
Por eso, para los corruptos de antes, y para los de ahora, nuestro nombre es una exigencia : ¡Abran Paso a la Nueva Democracia! En cambio, para todos los venezolanos, en especial para los habitantes de los barrios populares y para los jóvenes, nuestro nombre es una invitación: ¡Vamos a dar entre todos el paso que hace falta, el Paso a la Nueva Democracia!